Reseña: Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma

Cineasta, guionista y artista visual, Jane Schoenbrun solo ha dirigido tres películas hasta la fecha, pero eso ha bastado para revelar un estilo característico, lleno de simbolismo y recursos visuales con los que cuenta historias que subvierten los tropos familiares y dejan mucho a la interpretación, convirtiendo al espectador en un participante activo. Ahora pone la mirada en el género del “slasher”.

La película -que se llevó la Queer Palm en Cannes- inicia con una de las secuencias de créditos más evocativas y singulares que estos ojos han visto, construyendo un mundo entero alrededor de una franquicia ficticia conocida como “Camp Miasma” y recreando el recorrido habitual de muchas de las sagas más emblemáticas del género: innumerables secuelas, artículos promocionales, fanáticos, escándalos, reinvenciones, interminables debates y, sobre todo, nostalgia. Podría funcionar incluso como un cortometraje aislado, y deja la mesa puesta para todo lo que vendrá después.

Kris (Hannah Einbeinder) ha sido contratada para revivir la franquicia, por lo que decide buscar a Billy (Gillian Anderson), la protagonista de la película original, y convencerla de regresar. Aquella “final girl” ahora vive recluida en el mismo lugar donde se rodó esa producción, atrapada por siempre en el espacio donde nació su fama.

A partir de ahí, y de la relación que se establece entre ambas, Schoenbrun explora cómo los medios influyen en la construcción de nuestra identidad y la relación que existe entre la cámara y la audiencia. Esta idea encuentra su expresión más literal en la máscara que porta el villano: una antigua cámara de cine que remite directamente a Peeping Tom. Asimismo, se divierte desmenuzando las convenciones narrativas del género, su vínculo con el sexo y la violencia (las vírgenes siempre sobrevivirán) y las paradojas de la representación de las disidencias sexuales y de género. Todo ello envuelto en un hipnótico diseño de producción con énfasis en pinturas mate y una estética ochentera para homenajear y, al mismo tiempo, retorcer la fórmula.

Hay demasiada ambición y demasiadas cosas que decir, sobre todo en un fantasioso tercer acto en el que Schoenbrun da rienda suelta a las alegorías, dejándonos entrar en su psique y abordar de lleno uno de sus temas principales: el deseo prohibido.

Ojo, además, con el soundtrack, siempre atinado y al servicio de la historia, sobre todo en un violento y memorable plano secuencia al ritmo de los Counting Crows que pone énfasis en el término “camp”. Aquí todo es intencional.

Título original: Teenage Sex and Death at Camp Miasma
Año: 2026
País: Estados Unidos, Reino Unido, Canadá
Director: Jane Schoenbrun
Elenco: Hannah Einbeinder, Gillian Anderson, Sarah Sherman

Esta reseña apareció en la sección Primera Fila del periódico Reforma.

Pepe Ruiloba
pepe@cinepantalla.com

Apasionado del cine, la televisión y el olor a tierra mojada de Guadalajara. Crítico de cine y programador de festivales. Más Forrest que Pulp, pero para todos hay. Y pa fregonas... Salma.

No Comments

Sorry, the comment form is closed at this time.